Por el Obispo Joseph M. Siegel
El rincón del Obispo
El 15 de agosto, la Iglesia celebra la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María. Esta fiesta es la conmemoración litúrgica del dogma católico según el cual María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial al finalizar su vida terrenal. Si bien este año no existe la obligación de asistir a Misa —dado que la solemnidad cae en sábado—, animo a todos a celebrarla igualmente como un “día santo oportuno”; pues es un día de esperanza que resalta no solo el papel único de María en la historia de la salvación, sino también el destino final prometido a todos los creyentes fieles.
El 1 de noviembre de 1950, el venerable Papa Pío XII definió oficialmente esta verdad en su constitución apostólica Munificentissimus Deus. Esta proclamación establece que la Madre Inmaculada de Dios, tras completar el curso de su vida terrenal, fue llevada directamente a la plenitud de la gloria celestial. Aunque la Iglesia nunca ha declarado formalmente si María experimentó la muerte física antes de su asunción o si fue llevada al cielo estando viva, el centro de la enseñanza es que su cuerpo nunca sufrió corrupción ni descomposición.
Si bien el Nuevo Testamento no contiene una narración explícita de la partida física de María, las Escrituras respaldan firmemente este concepto. Existen precedentes bíblicos de personas que fueron llevadas corporalmente por Dios, como Enoc y el profeta Elías. Además, los teólogos, basándose en el Salmo 132:8, han visto a María como la verdadera “Arca de la Alianza” y han enseñado que resulta totalmente apropiado que el recipiente físico que dio carne al Hijo de Dios fuera preservado de la corrupción del sepulcro.
La devoción histórica a este misterio es profunda. Los registros escritos sobre la “Dormición” (el sueño) de María se remontan a los siglos III y IV. Ya a principios de la Edad Media, las comunidades cristianas tanto de Oriente como de Occidente celebraban universalmente esta fiesta.
La Asunción está intrínsecamente ligada a otro dogma mariano fundamental: la Inmaculada Concepción. La Iglesia enseña que María fue concebida sin la mancha del pecado original para prepararla a ser la Madre de Jesús. Dado que la corrupción corporal se entiende fundamentalmente como una consecuencia directa del pecado original, María estuvo exenta de manera única de esta disolución física. Su preservación del pecado a lo largo de toda su vida armoniza perfectamente con su preservación del sepulcro al final de la misma. Estos dogmas gemelos ilustran la plenitud de la gracia de Dios obrando en ella, desde el momento de su concepción en el seno materno hasta su tránsito a la eternidad.
Sin embargo, la Asunción es más que un homenaje histórico a la Madre de Cristo; sirve como un poderoso faro de esperanza para todos los cristianos. La entrada de María en el cielo, en cuerpo y alma, ofrece un anticipo de la resurrección de los muertos prometida a toda la Iglesia al final de los tiempos, verdad que profesamos cada domingo en el Credo Niceno.
Aunque la Iglesia había enseñado y celebrado la Asunción durante siglos, el Papa Pío XII decidió declararla dogma en 1950. Eligió el momento con gran deliberación, tras la carnicería de dos guerras mundiales, el Holocausto y la propagación del comunismo ateo por todo el mundo. Frente a estos ataques contra la vida y el espíritu humanos, el Papa nos presentó a María como un signo de esperanza. Ella se nos muestra como una de nosotros, un ser humano de carne y hueso. Su glorificación por parte de su Hijo revela nuestro propio potencial, un futuro que nos aguarda si nosotros también permanecemos fieles.
En nuestros días, la sociedad a menudo intenta separar el cuerpo físico del valor espiritual, aquello que llamamos alma. Esto es una reedición de la antigua herejía gnóstica, que enseñaba que el cuerpo era irrelevante —en el mejor de los casos— o maligno —en el peor—, y que el alma anhelaba escapar de él. La Asunción reafirma la dignidad sagrada del cuerpo humano y su unión intrínseca con el alma, tal como Dios creó a la humanidad. Recuerda a los creyentes que el destino humano es una redención integral, tanto de la materia como del espíritu. Como discípula perfecta que siguió a Cristo sin fisuras, María precede a la Iglesia hacia la plenitud de la resurrección de los cuerpos. Lo que ya ha sucedido en ella es lo que todos los fieles esperan experimentar cuando Cristo regrese.
Celebremos, pues, con alegría la solemnidad de la Asunción como una fiesta de esperanza, mirando a Nuestra Señora como ejemplo de discipulado fiel y de la recompensa que aguarda a quienes permanecen en Jesús.
Santa María, asunta al cielo: ruega por nosotros.
