Por El Padre Martin Estrada
¡Porque soy Católico!
“¡Viva Cristo Rey!” Fue el grito que retumbó en México en una época de persecución religiosa entre 1926 y 1930. Aquella exclamación, cargada de fe y desafío, se convirtió en el estandarte de miles de mexicanos que defendieron su fe, incluso con su propia vida.
El 31 de julio de 1926 entró en vigor en México la llamada Ley Calles que restringía la libertad religiosa: se prohibía el culto fuera de los templos, se limitaba la libertad de expresión religiosa y se expulsaba a los sacerdotes y religiosos extranjeros. Como respuesta, la Iglesia católica suspendió el culto público en todo el país: las iglesias cerraron sus puertas, los sacramentos quedaron interrumpidos y los feligreses inconformes con lo que estaba sucediendo no tardaron en levantarse en armas. Este conflicto se le conoce como la Guerra Cristera o Cristiada.
Mi pueblo, San Julián, Jalisco, lleva con orgullo el lema de “Cuna de la Cristera”. Fue precisamente aquí donde, el 15 de marzo de 1927, se libró uno de los enfrentamientos más emblemáticos entre el ejército mexicano y un grupo de campesinos que, con escasas armas pero con una fe inquebrantable, defendieron su fe y su territorio.
En mi infancia escuché a los mayores contar cómo los cristeros se atrincheraron en el campanario de la iglesia para resistir el asedio de las tropas federales. Tras largas horas de batalla, los defensores de la fe lograron una victoria inesperada que se grabó en la memoria colectiva del pueblo. Aún hoy, las cicatrices de aquel enfrentamiento permanecen visibles: los impactos de bala en la torre y en los muros del templo son testigos de aquella gesta heroica.
Sin embargo, el ejército, buscando escarmentar a la población, arrestó al padre Julio Álvarez en un pueblo vecino. Lo llevaron hasta San Julián. Allí, lo mantuvieron una noche entera frente a la iglesia y al día siguiente, el 30 de marzo, lo fusilaron a una cuadra del templo, en un sitio que entonces servía como basurero. Antes de ser asesinado el sacerdote exclamó: “Muere un hombre inocente; mi único delito es ser ministro de Dios”.
San Julio, quien fue declarado santo junto con otros 24 en el año 2000 por san Juan Pablo II, era reconocido por su entrega total a su feligresía, especialmente a los más necesitados. Había aprendido a coser para confeccionar ropa y vestir a los pobres.
Mi padre solía contarme muchas de las historias que él mismo escuchó de su padre y de otros mayores que vivieron la guerra en carne propia. Una de las que más recuerdo fue la de una cueva cerca de mi casa, que mis hermanos y yo explorábamos, servía como vivienda improvisada y como hospital clandestino para esconder a los heridos y burlar a las tropas enemigas. Allí, a escondidas, se curaban las heridas y se rezaba el rosario en voz baja.
Por parte de mi madre, el dolor también dejó huella: uno de sus tíos fue asesinado a sangre fría por el ejército, acusado únicamente de llevar un escapulario en cuello mientras sembraba sus campos de maíz. Con el tiempo, mi abuelo materno, ayudado por sus vecinos, construyó una capilla con el nombre de Cristo Rey. Esta se encuentra en una pequeña montana donde se puede ver desde lejos y que recuerda que la fe de aquellos mártires es guía y valor para nuevas generaciones. ¡Viva Cristo Rey!
El Padre Martin Estrada se desempeña como Administrador de la parroquia de San Francisco de Asís en Dale y Director Asociado de Vocaciones Hispanas.
