Por el Obispo Joseph M. Siegel
El Rincón del Obispo
Ya hemos completado tres cuartas partes en observancia del Año Jubilar 2025. Como saben, el difunto Papa Francisco eligió el tema “Peregrinos de la Esperanza”, inspirándose en las palabras de San Pablo: “La esperanza no defrauda” (Romanos 5:5). Concibió el Jubileo de la Esperanza como un antídoto espiritual contra el desánimo, el pesimismo y el cinismo que parecen infectar nuestra sociedad.
El Catecismo de la Iglesia Católica define la esperanza como “la virtud teologal por la cual deseamos el reino de los cielos y la vida eterna como nuestra felicidad, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras propias fuerzas, sino en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo”.
Esta definición nos plantea la pregunta: ¿Somos personas de esperanza?
- ¿Tenemos un profundo deseo de Dios? ¿Es Dios más que un pensamiento pasajero para nosotros? ¿Reconocemos que nuestro corazón está hecho para Dios y solamente para Dios?
- ¿Confiamos en las promesas de Cristo? Nuestra esperanza no es una ilusión, sino una firme confianza en la habilidad de Dios para salvarnos de nuestro propio pecado y elevarnos a una nueva vida.
- ¿Confiamos en la gracia del Espíritu Santo? Podemos intentar hacer muchas cosas por nuestra cuenta y luego pedirle a Dios que bendiga nuestros esfuerzos. Pero ¿nos rendimos a la indicación del Espíritu Santo y lo seguimos en obediencia?
La esperanza cristiana es una fuerza vital que sostiene a los creyentes a través de las pruebas de la vida y nos acerca a Dios. La esperanza nos protege del desánimo, que parece estar constantemente llamando a nuestra puerta. Vemos violencia sin sentido, personas inocentes que sufren cáncer y otras enfermedades, además de injusticias y profundas divisiones en nuestra sociedad. ¿Es posible ante estas circunstancias ser personas de esperanza y no ceder a la tentación del desánimo?
La esperanza nos ayuda a ver el sufrimiento como una parte temporal, y en última instancia gozosa, de un plan mayor. Pienso en un corredor que se enfrenta a la abrumadora tarea de correr un maratón: la carrera solo puede ser corrida paso a paso. Sin embargo, cada paso lleva al corredor a la meta final. No podemos olvidar la meta final y para qué, en última instancia, estamos hechos.
La esperanza también nos da energía para actuar. Lejos de ser una emoción pasiva, la esperanza es una virtud agresiva que nos impulsa a la acción. La esperanza promueve la caridad. Aleja nuestra mirada de nosotros mismos y dirige nuestros corazones hacia las necesidades de los demás. Quizás una de las mayores tentaciones que enfrentamos en nuestros días es el compararnos con los demás, lo cual solo genera ansiedad y animosidad. Pero la esperanza nos ayuda a desear lo mejor para nuestro prójimo y a reconocer que preocuparse por los demás nos brinda mayor alegría.
La esperanza teologal, un don de Dios otorgado en el bautismo, debe distinguirse del optimismo natural. La esperanza cristiana se basa en las promesas inmutables de Dios. En contraste, el optimismo se basa en el sentimiento humano o en un patrón de pensamiento positivo, que puede fluctuar fácilmente según las circunstancias externas. La esperanza se dirige al bien supremo de la unión con Dios, mientras que el optimismo se centra en resultados específicos y menores, como un ascenso laboral o tener un buen día. La esperanza es resiliente y se mantiene firme, incluso en circunstancias sombrías, porque ve más allá de las dificultades presentes. El optimismo puede verse destrozado por los resultados negativos o la adversidad.
La esperanza, como otras virtudes, debe ser cultivada intencionalmente, ya que es un acto resiliente de la voluntad. Podemos fortalecer nuestra esperanza mediante la oración, cuando entregamos nuestras ansiedades a Dios y depositamos nuestra confianza en Su providencia. Recibir con frecuencia la Eucaristía y la Reconciliación nutre nuestra esperanza y profundiza nuestra unión con Dios. Asimismo, los actos de servicio, misericordia y justicia nos hacen ser “signos tangibles de esperanza” para los demás y generan esperanza en nuestro interior. Observar los ejemplos de “santos de la esperanza”, como Santa Mónica, Santa Josefina Bakhita, el Papa San Juan Pablo II y especialmente la Santísima Virgen María, puede animarnos en nuestro propio camino.
Al avanzar en lo que queda de este Año Jubilar, cultivemos verdaderamente la virtud de la esperanza en nosotros mismos y como Peregrinos de la Esperanza, compartamos nuestra esperanza y su razón de ser con todos nuestros hermanos y hermanas. La esperanza, arraigada en Jesucristo, brota eternamente.
— Translated by Dr. Daniela Abraham, St. Meinrad Seminary and School of Theology
