Por el obispo Joseph M. Siegel
Rincón del Obispo
La Resurrección de Jesucristo no es meramente un acontecimiento histórico ni una historia que se cuenta una vez al año en Pascua. Para nosotros, los católicos, es la piedra angular de nuestra fe, la prueba definitiva de la divinidad de Cristo y una realidad presente y viva que moldea nuestra vida cotidiana. La Pascua influye en la manera en que vivimos, sufrimos y esperamos, ofreciendo fortaleza ante las adversidades, una nueva perspectiva sobre las obras de misericordia y un llamado a la transformación activa de la sociedad. Vivir como un “pueblo de Pascua” significa encarnar una alegría inquebrantable que irradia la luz y la paz del Señor Resucitado a los demás.
La Resurrección garantiza que la muerte no es el capítulo final. Infunde a las personas de fe una esperanza inquebrantable y la capacidad de afrontar los desafíos de la vida con valentía y confianza. A la luz de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, ningún sufrimiento es en vano. Lejos de ser una mera tragedia sin esperanza, nuestra experiencia de dolor y pérdida se transforma en una oportunidad para conformarnos más profundamente con Cristo y para unir nuestras cruces a la Cruz redentora de Cristo para la salvación del mundo. La Resurrección promete que, tal como Cristo resucitó, los creyentes también resucitarán a una vida nueva, de modo que ya no tengamos que temer a la muerte. Él eliminó el aguijón de la mortalidad, permitiendo así a los creyentes vivir su duelo con esperanza, en lugar de con desesperación.
La Resurrección confirma también que el mundo material le importa a Dios. Cristo no resucitó como un fantasma, sino con un cuerpo glorificado. Esto significa que el mundo físico —los cuerpos, la creación y la historia humana— está destinado a la transformación, no a la destrucción ni a la decadencia. Esto debería alentarnos a respetar y proteger la vida humana en todas sus etapas, y a cuidar de nuestra casa común, ya que ambas están destinadas a formar parte de la nueva creación. La resurrección de Cristo promete la restauración final del mundo entero conforme al designio original de Dios; por ello, nos brinda un sentido de propósito, no solo para transformar el aquí y el ahora, sino con la visión de la vida venidera.
La Resurrección también trastoca el *status quo* de la sociedad. Significa que las fuerzas del mundo que buscan dominar con —la opresión, la violencia y la codicia— no tienen la última palabra. Se nos recuerda que es el Cristo Resucitado, y no los poderes mundanos, quien posee la verdad suprema y el poder perdurable. Llama a los creyentes a cuestionar pacíficamente aquellas visiones del mundo y políticas que devalúan la vida y la dignidad humanas, actuando con integridad y caridad, en lugar de responder con violencia o apatía.
Como pueblo de Pascua, estamos llamados a ser testigos de esperanza, cultivando la esperanza a través de actos cotidianos de compasión, perdón y amor. Debemos ver el rostro de Cristo Resucitado en aquellos a quienes servimos, viviendo nuestra fe católica cuidando a los pobres y marginados, apoyando a los vulnerables y olvidados, y llevando la alegría del Resucitado a la complejidad de la vida cotidiana.
Si bien Cristo ha vencido al pecado y a la muerte, el poder de su Resurrección aún se está llevando a plenitud. Esto genera en los creyentes una tensión entre el “ya” (la victoria ha sido ganada) y el “todavía no” (aún vivimos en un mundo quebrantado). Vivir de manera creativa en medio de esta tensión constituye un desafío. Es un llamado a evitar los extremos: el del cinismo amargo o el de un optimismo ingenuo e irrealista. Nos permite perseverar en la esperanza, reconociendo el desafío de las pruebas actuales, pero anclados en la certeza de que “lo mejor está por venir”, pues las fuerzas que pretenden mantenernos cautivos ya han sido derrotadas por la muerte y la resurrección de Cristo.
Para los católicos, entonces, la Resurrección no es solo algo que ocurrió hace 2,000 años; es una realidad actual. Puesto que Cristo vive, podemos caminar en una vida nueva, sabiendo que nunca estamos solos, que nuestros pecados pueden ser perdonados y que estamos destinados a la gloria. Transforma el modo en que percibimos el sufrimiento, nuestras relaciones con Dios y con los demás, y nuestra manera de interactuar con el mundo; no solo en el momento presente, sino en la gozosa esperanza de la eternidad.
— Translated by Bertha Melendres, Director of Hispanic Ministry for the Diocese of Evansville
