Por Bertha Melendres
¡Porque Soy Católica!
Ser un católico hispano en el Medio Oeste de los Estados Unidos es un privilegio, aun cuando no siempre sea fácil. Nací en Jalisco, México, y junto con mi familia emigré a Los Ángeles, California, cuando tenía once años de edad. Puedo decir que, en muchas formas, fue fácil ser mexicana en el Condado de Los Ángeles, donde hay un gran número de personas de México y de muchos otros países. Por algo le llaman el “crisol” o el lugar donde se mezclan todas las culturas.
En Los Ángeles crecí sin sentirme tan diferente a los demás y sin miedo de hablar español. También era fácil ser católica, porque había misas en español en todas las parroquias de nuestro alrededor, además de muchos ministerios y movimientos católicos en los cuales podíamos participar. Era fácil encontrar una comunidad que compartiera nuestra cultura, nuestro idioma y nuestra fe.
Hace diez años, mi esposo y yo nos mudamos con nuestra familia a Evansville, y todo nuestro mundo cambió. Nosotros nos conocimos sirviendo en el coro de la Iglesia y siempre hemos participado en diferentes ministerios. Yo fui directora del programa de Educación Religiosa de nuestra parroquia por 13 años. Sabíamos que sería un cambio fuerte, pero nunca me imaginé que incluso vivir nuestra fe católica sería tan diferente en el Medio Oeste, donde muchas veces se siente que somos la minoría.
Durante los últimos seis años, Dios me ha dado la dicha de servir en la Diócesis como Directora del Ministerio Hispano. He visto cómo el número de hispanos y latinos ha aumentado significativamente en nuestros condados. También puedo decir que la Diócesis ha hecho mucho por recibir y servir a nuestra comunidad, ofreciéndonos recursos y apoyo a través de la Oficina del Ministerio Hispano.
Sin embargo, los retos siguen siendo muchos. La barrera del idioma, la distancia entre nuestras comunidades y la necesidad de contar con más sacerdotes y líderes hispanos pueden hacer difícil una participación constante en la vida de la Iglesia. A esto se suma el clima sociopolítico actual, que ha creado incertidumbre y miedo para algunas familias. La Iglesia debe ser un lugar donde todos puedan sentirse acogidos, seguros, escuchados y acompañados.
Otro gran reto es nuestra juventud. Muchos jóvenes hispanos viven entre dos culturas. En casa reciben la cultura, el idioma y la fe de sus padres, mientras que fuera de casa viven una realidad diferente. Esta situación puede crear una separación entre generaciones y, muchas veces, nuestros jóvenes se alejan de la Iglesia porque no encuentran espacios donde se sientan comprendidos y llamados a participar.
Este año hemos comenzado a ofrecer formación para líderes hispanos en colaboración con la Universidad Franciscana de Ohio, brindándoles oportunidades para crecer como catequistas, ministros de la liturgia, líderes juveniles y servidores. Sin embargo, también enfrentamos obstáculos concretos como el transporte, el cuidado de los niños y los horarios de trabajo, ya que muchos trabajan por las tardes o durante los fines de semana.
A pesar de estos retos, tengo esperanza. Nuestra comunidad trae a la Iglesia una gran riqueza de fe, familia, tradiciones, alegría y devoción. Los hispanos además de necesitar atención pastoral, son una riqueza y una parte activa de la Iglesia. El mayor reto no es solamente hacer espacio para los hispanos, sino reconocer que somos parte de esta Iglesia, que pertenecemos a ella y que tenemos mucho que ofrecer.
Mi oración es que cada hispano pueda decir con confianza: “Esta es mi Iglesia, esta es mi parroquia. Aquí pertenezco, aquí puedo vivir mi fe y aquí Dios también me llama a servir.”
Bertha Melendres es Directora Diocesana del Ministerio Hispano.
